domingo, 8 de julio de 2012

Blah


Rascose la cabeza y al resoplar soplando, hizo mueca de fastidio por la nariz paspada.Pensó fuerte; como auscultando la situación y achinó los ojos en el puro esfuerzo; qué le veía? qué le veía?? Y (¿clarito?) le vino la respuesta: -”Y no, no sé que me ve”-

Sol mezquino de mañana de invierno. Se vanagloria y apenas calienta... o es que hace mucho frío y no es que él en sí no caliente lo suficiente, sólo que no calienta lo suficiente dadas las condiciones? Y no dejaba de mirar el río. Qué hay con tratar? Habrá que hacer “el esfuercito”? Que hay con las ganas? “Ganas de tener ganas”? expresión medio complicada. Con las ganas ya hay ganas... hay que ver, ganas de qué. Bueno basta, es muy de mañana.

Otro sorbo de latte.

Nada como un latte calentito... (mirando fijo la bufanda) -”Mirá la bufanda manchada...”- Resulta que las cadenas internacionales de café tienen como norma entregarle al cliente el térmico tapado. Nunca es que se pincha el térmico sino que lo “re-tapasteis” mal después de “ponerlei” el azúcar.  Aparte le dibujan un smiley al lado de tu nombre, cómo va a ser malo?... No puede ser nunca malo; el error es propio.

Nos rige la bilateralidad? De todo hay dos. Como mínimo o máximo; dos...

Tal cual como cuando intentan venderte algo en la calle... Un día cualquiera, mientras se camina por ejemplo por una peatonal con los auriculares y la music on & on, pensando en tanto-tanto que (en resumidas cuentas) nada; de esa nada nace la emboscada... La emboscada está en que sostengas EL PRODUCTO.

-”Hola!”- y listo, te lo dan como para que se lo tengas un ratito, o al menos así lo hace parecer la inercia.

Mirá que bárbaro, el packaging es fluo y ¿qué será esto? El speech comienza a sonar algo parecido a lo lindo, y digo “parecido” porque el tema es ir entendiendo que tenés de prepo entre las manos.

Ahí comienza el esclarecimiento. Realmente carece de importancia que el reloj (supongamos que ya te enteraste que es un reloj) tenga entre las opciones de alarma “la cucaracha” cantada por Paul Anka en tagalo y que incluya un kit de higiene dental porque también te lava los dientes (de acostado, mientras Paul te canta, para aprovechar los "5 minutitos" mas de almohada). El vendedor mira (¿sin ver o ve sin mirar?) explica y explica, y
va sonriendo, describiendo y adulando SU PRODUCTO. Miras el reloj, miras al vendedor (tal vez, haciendo un movimiento de cabeza entre de asentimiento y pendular). El feriante conoce ese deseo imperioso de interrumpirlo y devolverle el producto lo mas cortésmente posible (al menos en mi caso) pero esquiva con maestría (digna de telebin en cámara lenta) porque quien tiene EL PRODUCTO (su producto) EN LAS MANOS SOS VOS y está mas que claro que no te podés ir con algo que no es tuyo. Fija la vista en tus ojos mientras los tuyos triangulan; van de los ojos del vendedor, a sus dientes, al producto (que a este entonces se transformó en una bomba). EL PRODUCTO es una BOMBA a punto de estallar y hay que devolverla ya, ya, ya; porque no podes perder (o ganar) mas  tiempo, o tiempo que perderías (o ganarías) capaz en otra cosa (no hablamos de calidad, ni cantidad, ni practicidad; nos enfocamos SÓLO EN EL PRODUCTO)
El producto que permanece ahí, no se mueve de por sí. Que el producto “fluya”, “circule”, bah; que el producto SEA PRODUCTO es cosa de dos. Alguien vende si otro compra o, mejor; uno ofrece mientras el otro sostiene momentaneamente a ver si compra o no.

El PRODUCTO es un “polipunto”, espera en algún punto concretarse como tal y  ahí está; a punto de estallar en las manos del que sostiene (¿claramente una ilusión óptica, o por eso la insistencia en “tomalo vos” y no seguimos con la cancioncita hasta “dámelo a mi”?) y llega un punto en que, el vendedor, con sadismo (eso es sadismo) no lo retoma, te lo va dejando, no lo agarra, no lo ase (de asir)
La tensión aumenta tanto como la enumeración de las características del mismo, que a su vez; TRAE MAS PRODUCTOS. Resulta que viene con un shampoo 2 en 1 de procedencia desconocida y, (psst! HAY QUE DEVOLVERLE EL RELOJ) se extiende el esquive al  también incluido SHAMPOO. El paquete se agranda, el importe es el mismo, poco más, poco menos.

Siguen las sonrisas y tus ojos ya no triangulan; hacen duplas. Van de producto a producto, ojos a dientes, reloj- shampoo- ojos- dientes. El aumento de la presión (autoimpuesta; maldito zoquete borderline maleable) y la marcha finalmente se interrumpen. Los caminos son dos; aceptar por un monto mínimo (¿máximo?) totalmente ¿adaptado? al bolsillo ¿socioeconómicamente contemporáneo? ese articulo, producto y/o productor de tantas cualidades que, a su vez acarrea tantos otros productos de facetas varias también, ooooooooooooooo: dar la mirada que ya lo dice todo (y rara vez coincide con la finalización del discurso de venta) y no es una interrupción es un drástico “ya no te gastes” y recién ahí podes restituir el dichoso producto/reloj a las manos originales, que si bien lo toman de vuelta, es obvio que no era el desenlace a la idea original...

Bueno basta. Tampoco es la idea hacer una comparación berreta. Sólo es un muy domingo de invierno por mañana, que cuenta con una madrugada apabullante sobre la espalda, un resfrío paracetamoleado a morir y sorbiendo un latte en una plaza equis me pregunto el objeto de comprar el diario domingueado, súper suplementado, con el voluntómetro bajo; ponele que suficiente sólo como para leer la liviana sección de espectáculos. Envolvedme el reloj de arena para llevar.